sábado, 15 de febrero de 2020

El entusiasmo: una historia de la transición.


El entusiasmo. Una historia de la Transición


                                                                                                                             16/2/2020



El pasado jueves 13 de febrero se presentó en Madrid una película documental titulada El entusiasmo. Una historia de la Transición. Dirigida por el historiador Luis Herrero, constituye una importante muestra de la vitalidad que alcanzó el movimiento libertario en los comienzos de la Transición, cuando “todo parecía posible” tras la muerte del dictador. La película discurre temporalmente entre 1976 y 1978, año en que el caso Scala, un incendio nunca aclarado de una sala de fiestas de Barcelona en el que murieron cuatro personas, y la entrada en la fase final de la concertación colectiva representada por los Pactos de la Moncloa, terminaron con el ciclo ascendente de CNT. Un trabajo que descansa en gran medida en el material de archivo, en la búsqueda, recogida y montaje del material fílmico de la época que ha durado más de diez años,  sobre el que se construye un relato visual y sonoro de aquel tiempo, algo muy difícil de conseguir realmente en historia. Hay otro aspecto fundamental que contribuye a ello: el director se diluye y no aparece como narrador en forma de voz en off. De esta manera consigue salirse de la estructuración convencional del relato histórico, tanto en la forma como en el contenido, sin necesidad de caer en apologías militantes de cualquier tiempo pasado fue mejor.


Todo un logro que hay que reconocer al autor ya que de otra forma no tendrían protagonismo real ninguna de las voces que se fueron abriendo paso en la reconstrucción política del anarquismo desde el final del franquismo. Por un lado, la continuidad histórica, la que había resistido al franquismo en la clandestinidad y se había desdoblado también en el exilio, a pesar de los graves problemas internos entre ellos. Al mismo tiempo emerge la realidad de potente movimiento obrero, que comparte escenario con la otra vertiente más representada en el documental, la juvenil y contracultural, cuya fuerza y originalidad marcaba la diferencia con el resto de fuerzas que procedían del antifranquismo. Un juego de dualidades y matices que logra reproducir fielmente la cinta no solo siguiendo esta vertiente ideológica y temática, sino manteniendo también la incertidumbre de un tiempo en el que no se sabía lo que podía pasar.





Muy centrado en Cataluña, aunque también en Madrid (mitin de San Sebastián de los Reyes), el documental muestra esa pluralidad de emociones a lo largo de más de una hora y media en la que puede verse el momento del reencuentro del exilio interior y del exterior en los rostros más mayores, la tensión y la fuerza de las luchas obreras del momento en unas condiciones laborales en caída libre desde la crisis del petróleo, pero, sobre todo, la ilusión, la alegría y el desparrame juvenil de un mundo que salía ya de ser patrimonio exclusivo de los círculos universitarios. Inquietudes y capacidades, conflictos y tensiones, que, explicadas a través de sus protagonistas, permiten ver la evolución, los altibajos y las dificultades por ensamblar corrientes y realidades tan dispares que representaron, sin duda, un momento único que abonaría también las raíces del desencanto.
 Con un escrupuloso respeto a la cronología y una voluntad clara por salir de la usada confrontación entre los tiempos de auge y caída de los movimientos sociales de la Transición,  la película muestra una serie de momentos que recogen a la perfección las tensiones acumuladas en el “universo anarquista”: los debates intelectuales, las demostraciones de fuerza en los mítines, en la protestas y en las huelgas, como también en lo festivo, lo reivindicativo y lo más transgresivo del momento, todo aquello que terminaría eclosionando en la ruptura del Vº congreso celebrado al año siguiente. El uso del cine y de la imagen tiene una gran función que desarrollar aún en nuestra propia historiografía, no solo en la transmisión de la memoria, como se ha puesto de relieve últimamente, sino también como testigo vivo del propio pasado reciente. La ventaja que tiene este frente a todos los demás formatos, descansa en que cede realmente la voz a sus protagonistas y se resiste así más a los distintos usos y apropiaciones. Sólo nos queda, por tanto, que no tengamos que esperar otros diez años a la segunda parte.


Gutmaro Gómez Bravo. 

domingo, 9 de febrero de 2020

Los servicios de información de Franco en la Guerra Civil 7/2/2020


Los servicios de Información de Franco en la Guerra Civil


La población se convierte en objetivo prioritario desde el comienzo de la guerra civil. Ya en los preparativos del golpe, el General Mola contempla una acción de “extrema contundencia” para asegurar el triunfo de la sublevación. Las medidas se modifican a medida que el conflicto cobra fuerza y los frentes se estabilizan. El 24 de octubre de 1936, el Cuartel General de Salamanca autoriza las operaciones aéreas sobre el centro de Madrid. Va a dar comienzo el primer bombardeo de una población civil en la historia. La tarde del 6 de noviembre, las tropas de Varela llegan al Cerro de los Ángeles y amenazan por radio con represalias si la ciudad no se rinde. El miedo se extiende con rapidez. Los aviones de reconocimiento advierten que las “las calles de Madrid están vacías”. El 8 de noviembre alcanzan los objetivos señalados sobre la Casa de Campo, la orilla derecha del Manzanares, el Puente de Segovia y la Estación del Norte. Los bombardeos masivos sobre el casco urbano se suceden a diario, con especial intensidad el del día 19 de noviembre, destinado, según el propio General Kindelán a “provocar un gran efecto moral en Madrid, centro vital del enemigo, poniendo un gran número de aviones a las horas de funcionamiento de las oficinas y de mayor circulación en la calle”.   A pesar de su intensidad, la ofensiva terrestre sobre Madrid queda paralizada; las operaciones con bombas de 500 kg para abrir brecha en el entramado urbano se detienen. El fracaso del plan inicial del golpe, el deterioro de la imagen internacional y los fallos en la obtención y la transmisión de la información, provocan un importante cambio en la estrategia del Ejército franquista. La guerra entra en una nueva dimensión, la de la ocupación del territorio, en la que la victoria militar se muestra inseparable de la eliminación de las bases sociales del enemigo.


La Sección de Información del Cuartel General comienza a emitir entonces una serie de instrucciones reservadas, destinadas a coordinar la ocupación de localidades y el control de sus habitantes. El 6 de diciembre de 1936 señala que “los pueblos cercanos a la primera línea, especialmente los que han sido rojos y pasan a ser ocupados por nosotros, deben ser objeto de una vigilancia especial, lo mismo de hombres que mujeres y niños. Se trata de potenciar las tareas de investigación a través de las dos grandes redes de policía secreta que ya funcionan pero que no están conectadas: las de las Grandes Unidades en el frente y las de los Gobiernos Militares en la retaguardia. El Ejército del Centro es el encargado de concentrar ambas en el Servicio de Información Militar (SIM), que a su vez se divide en cuatro secciones:

1ª Espionaje y contraespionaje.
2ª Social política y relaciones con la censura.
3ª Económica, industrial, prensa.
4ª Antiextremismo.

Resultado de imagen de geografia humana de la represion


Las Unidades de Policía Secreta de cada División, compuestas con vecinos de la zona, remiten semanalmente los datos a la sede del SIM en Burgos, donde comienza a organizarse un "fichero de criminalidad" por pueblos y provincias. A  comienzos de 1937, pide directamente esta información a los ayuntamientos próximos al frente del norte: “cada ayuntamiento remitirá el total de los individuos de izquierda que hay en la localidad incluyendo los nacionalistas, con sus nombres, apellidos y número de familia que tiene, así como la edad de esta. El 9 de marzo de 1937, un día después del comienzo de la batalla de Guadalajara, último intento por tomar frontalmente Madrid, el Cuartel General de Salamanca asume todas las funciones policiales, “así como la busca y detención de las personas que por su actuación o ideas deban ser detenidas a los fines de justicia del territorio liberado”. Franco logra así el monopolio total de la violencia y el de la información. Está preparado para ocupar y controlar la zona más industrializada y con mayor densidad de población de toda la Península Ibérica. 


La ofensiva de Vizcaya se inicia de nuevp tras un bombardeo masivo, esta vez el de Durango, seguido de forma inminente por el de Guernica. Además del potencial destructivo y de su impacto psicológico, la principal novedad de la campaña del Norte fue la incorporación de la "información retrospectiva". Destinada a enjuiciar la conducta del individuo y la de su entorno, se estrena en Vizcaya como pieza propia de la Causa General. Pronto se manifiesta la capacidad y operatividad de la Auditoria de Guerra del Ejército de Ocupación para desplegarse con total rapidez en zonas de difícil acceso. El 20 de junio toman Bilbao, abandonado por el Gobierno vasco que se niega a destruir la infraestructura siderúrgica. A finales de agosto hacen lo propio en Santander, precedidos por los servicios de información italianos. Por último, el 20 de octubre de 1937, ocupan Gijón, que ofrece una fuerte resistencia. El gobierno republicano pierde la región más rica y la más poblada de su territorio, el 25 por cien de sus efectivos militares, parte de la aviación y la mitad de sus recursos industriales. Pero la forma de perder ese frente resulta aún más determinante. El Ejército Popular se desmorona y, a pesar de promulgar uno de los primeros decretos que condenan a muerte a los desertores, cerca de 230.000 soldados se evaden o tratan de huir, siendo capturados y reutilizados por el ya denominado Ejército Nacional.

El éxito es rotundo para el Estado Mayor franquista, que muestra no sólo su superioridad militar y logística, sino la mayor cohesión de su retaguardia, capaz de fomentar la desafección y absorber la deserción masiva en el enemigo. A partir de este momento no deja de incrementar con personal y recursos los servicios encargados del orden público. La experiencia del norte supuso además un importante salto cualitativo: la utilización de la documentación con fines represivos. Al día siguiente del Decreto de Unificación de Milicias, el 19 abril de 1937, el Cuartel del Generalísimo hace pública la existencia de una oficina "para contrarrestar la propaganda y la influencia comunista en España". Se trata de la Oficina de Información y Propaganda Antimarxista (OIPA), incrustada literalmente en las secciones de información de las Grandes Unidades de tierra desplegadas en la franja cantábrica. Nada más entrar en una localidad, registran tanto organismos oficiales como domicilios particulares. Y tras incautar toda la documentación hallada en ellos, la trasladan en camiones a Salamanca, donde comienzan a clasificarla y se archiva hasta hoy. Para Marcelino Ulibarri, su máximo responsable, este procedimiento hace posible el objetivo político y propagandístico de arrebatar una ciudad al enemigo, garantiza la rapidez en la obtención de información de interés militar para seguir avanzando, al tiempo que permite "obtener documentación para la exigencia de responsabilidades a la población civil.” El espacio para la represión sigue ampliándose y adquiere carácter legal dentro de las instituciones del Nuevo Estado.


 En noviembre de 1937 el SIM se transforma en el Servicio de Información y Policía Militar, Su director, el Coronel Ungría, dispone un nuevo elemento sobre el terreno: la denominada “policía militar de zona”. Más que de un cuerpo o unidad, se trata en realidad, de una red conjunta de información, vigilancia y control de la población de las "zonas de vanguardia", que se conectan a través de enlaces y sectores de 30 kilómetros. Cada sector está dirigido por un Comandante del Ejército o un Capitán de la Guardia Civil, que tiene a su cargo varios grupos de agentes, civiles y militares. Según el propio Ungría, debía tratarse de "una red tupida de personas seguras escogidas entre los naturales del país, en las que recaerá el servicio de vigilancia, seguridad y de orden público". Su objetivo era elaborar y facilitar datos de población para lo que debían utilizar dos modelos o fichas de clasificación, aprobadas por el Cuartel General el 18 de mayo de 1938.


La ocupación de Cataluña no sólo anticipa el fin de la guerra, muestra la vocación, el carácter oficial, estatal y permanente de los aparatos de campaña franquistas. Durante los meses que se prolonga la batalla del Ebro, todos los servicios implicados en la ocupación y el control de la población civil, (Información, Recuperación de Documentos, Jefaturas de Orden Público, Fronteras etc), se coordinan con la Auditoria de Guerra para la consecución de la “rendición y la entrada ordenada en las ciudades”. Se reparten todas las esferas de influencia y los organismos públicos ya existentes amplían sus atribuciones sobre la denominada “población desafecta”. En mayo de 1938, por ejemplo, se ultima el sistema penitenciario en torno a la Redención de Penas por el Trabajo. Igualmente, se amplía la estructura de la Inspección Central de Campos de Concentración, que en octubre tiene ya clasificados a 110.000 prisioneros de guerra. A comienzos de diciembre, por último, se desata la ofensiva final de Cataluña.  

El día 20, el Coronel Ungría informa brevemente al General Franco.

"La población civil desea unánimamente la rendición, especialmente la catalana, que espera con impaciencia".

La guerra está ganada y el segundo objetivo, “la justicia”, pasa a primer plano. Arranca una nueva fase de la represión, muy distinta a la desatada en julio de 1936. Sistemática y selectiva a la vez, se destina sobre todo a consolidar la dictadura, por lo que se prolonga mucha más allá del fin de la guerra. La lógica de la ocupación, que exige el control total del territorio y la depuración del enemigo interno, se extiende sobre dos grandes contingentes de población: las ciudades republicanas y los prisioneros de guerra. El volumen generado por sus fichas, informes y denuncias es tal, que prácticamente todos los Consejos de Guerra han de celebrarse por procedimiento urgente o sumarísimo, sin apenas formalismos legales, hasta 1948, año en que se mantiene en vigor el estado de guerra.  Todos los organismos de ocupación emiten “información sobre criminalidad roja” hasta fechas muy tardías. Recuperación de Documentos, por ejemplo, no da por terminada la clasificación de los papeles incautados en el puerto de Alicante hasta 1944.  El SIMP, por su parte, no se desmoviliza plenamente hasta 1941, separando de nuevo sus dos grandes esferas, la policial y la militar. Su máximo apogeo se produce entre enero y septiembre de 1939, tiempo en que Ungría es simultáneamente jefe del Servicio Nacional de Seguridad y dirige el SIPM. Nueve meses en los que se completa la ocupación, así como la sustitución y el despliegue de las nuevas redes de información en todo el territorio nacional.


El estallido de la II Guerra Mundial provoca un cambio en el control de los servicios de información españoles. El 23 de septiembre de 1939 la Jefatura Nacional de Seguridad recupera la denominación de Dirección General de Seguridad y se integra dentro del Ministerio de Gobernación con Ramón Serrano Súñer a la cabeza.  Retoma su denominación y su papel como policía política, aunque su estructura, el personal y buena parte de sus funciones siguen siendo las propias del SIPM que se desdobla definitivamente. De nuevo mediante instrucción reservada, el Alto Estado Mayor ordena a todas sus Secciones de Información que deriven su personal militar al Ministerio del Ejército; el civil pasa a la DGS junto con las fichas de población de cada zona. Los servicios de información judicial que trabajan con los organismos encargados de la represión republicana, como el Juzgado de Contraespionaje o la propia Auditoria de Guerra, también pasan con sus archivos en pleno a la DGS. Su presencia y continuidad al frente de la policía y de la administración de justicia queda así garantizada. En abril de 1940, solo en la Primera Región Militar, la del Centro, han clasificado cinco toneladas de papel de los 141.584 expedientes revisados. Con ellos se han confeccionado medio millón de fichas policiales. Cuatro años más tarde, tras dar por terminada la clasificación de la documentación de Alicante, el Servicio Nacional de Recuperación de Documentos posee más de tres millones de fichas. La policía gubernativa tiene a su alcance un fichero de antecedentes destacado por todos los servicios de información extranjeros, desde los alemanes a los británicos. Sus máximos responsables fueron siempre militares profesionales y su núcleo organizativo básico las brigadas. La más activa en materia de orden público, la Brigada Político Social, constituyó el instrumento principal, junto con los servicios de inteligencia militar de los que procedía, para la política "preventiva" del Estado, motivo por el que cobró una fuerza extraordinaria durante todo el franquismo.


Gutmaro Gómez Bravo. U. Complutense.

Publicado originalmente en La Aventura de la Historia, 17/12/2019



miércoles, 5 de febrero de 2020

Amanecistas Huérfanos. 4/4/2020


Amanecistas huérfanos


La muerte del director de cine Jose Luis Cuerda acaba de sorprendernos.  Antes de la reflexión por tanto,  la emoción, o mejor dicho, el recuerdo de las emociones que nos han dejado sus películas. Seguramente no le gustaría, como a ningún creador, que su carrera se viera reducida a un único trabajo, pero es un riesgo que compensa con creces si de lo que hablamos es de Amanece que no es poco. Estrenada a comienzos de 1989, en una sociedad muy diferente a la actual en algunas cuestiones aunque en otras no ha cambiado tanto, se ha definido varias veces como obra maestra del humor absurdo contemporáneo, culminación de la mejor línea de tradición del surrealismo ibérico etc etc. Todo ello y mucho más, pero ¿quién nos ampara? Nadie, sólo nos queda el sinfín de recursos que deja una película magistral que abrió un género definido como “amanecismo” y una legión de “amanecistas”, frikes que se saben trozos del guión a dedillo, y cuentan anécdotas del rodaje sin parar y sin dejar meter baza a nadie en la conversación, entre los cuales me encuentro.


Además de los elementos estéticos y propiamente cinematográficos, de los que hoy se hablará largo y tendido, la película ha demostrado una enorme capacidad de conexión con el público de distintas generaciones. Algo que solo se consigue porque logra representar en menos de dos horas, la tragedia española de forma cómica y global. Todos los actores de nuestra reciente historia están prácticamente ahí, de forma individual o coral, presentando un retablo que mezcla la historia sagrada y la profana, verbo y carne, podríamos decir, de las costumbres y de la cultura española. Es difícil encontrar un mejor ejemplo de cómo era la vida en cualquier pueblo durante el franquismo y de su pervivencia sociológica posterior. Envuelto en el manto de una reflexión profunda, los diálogos mostraban con extraordinaria agudeza, en lo que había quedado reducida esa unidad de destino en lo universal. Cuerda narraba así, sin dolor, casi como un sueño, un pueblo en el que todo el mundo ocupaba su lugar y nunca, o casi nunca, pasaba nada. Esa función pedagógica del cine, transmitida por un magnifico elenco de actores, terminaba de dotar de un significado hondo y particular, a una película originariamente cómica. Cuerda ha demostrado que ni el humor absurdo ni el surrealismo son incompatibles con una  historia social del cine. Los guiños a Bienvenido Mr Marshall o a La Vaquilla, centrada en plena guerra civil, lo dejan de manifiesto pero también las alusiones a la literatura universal, con Faulkner a la cabeza, y muchas otras más. Amanece que no es poco, por último, sobrevive como la gran crítica a la crítica, mofándose de todo aquello que no sabe reírse de sí mismo envuelto en academicismos,  formalismos y otros ismos, incapaz por siempre de separar lo “contingente” de lo “necesario”.


Gutmaro Gomez Bravo, 
Publicado EL Obrero 4/4/2020


viernes, 31 de enero de 2020

Camino a la anarquía. La CNT en la segunda República


Angel Herrerín López. Camino a la anarquía. La CNT en tiempos de la Segunda República. Madrid, Siglo XXI, 2019.


A pesar de todos los problemas y contratiempos, la investigación histórica sigue avanzando en España. En las últimas décadas han ido cayendo, uno tras otro, muchos de los mitos, tópicos y estereotipos sobre los que se habían asentado los relatos tradicionales. El atraso, el honor y la violencia, son sólo algunos clichés transmitidos en esa moderna versión de la leyenda negra, usada más para deformar que explicar nuestra historia reciente. Y si sobresale uno por encima de todos ese es el anarquismo.  

Camino a la anarquía


Acusado de todos los males contemporáneos, del crecimiento de la violencia política a la derrota en la guerra civil, el movimiento libertario español ha sido deformado hasta la saciedad. Chivo expiatorio de la izquierda y la derecha, su imagen aparece siempre rodeada de polémica y controversia. Angel Herrerín, Profesor de Historia Contemporánea de la UNED, es uno de sus más destacados especialistas que sigue esforzándose por tratar de cambiar esta dinámica, explicando de forma científica pero también accesible y divulgativa, la compleja evolución del anarquismo ibérico. En libros anteriores había contextualizado el tema desde finales del siglo XIX a la guerra o la dictadura franquista, nos emplaza ahora en un período crucial para el devenir de la organización cenetista como fue el de la Segunda República. Una nueva forma de Estado con vocación democrática y social que pronto se vio marcada por una fuerte conflictividad laboral y social. Este estudio explica cómo fue evolucionando la propia postura de la CNT en estos años decisivos. Un trabajo trabado con documentación política interna inédita, consultada en archivos nacionales e Internacionales, que ha permitido al autor superar con creces la historia ideológica y las visiones preconcebidas.

“Camino a la anarquia” no es solo una historia de la CNT, es una historia de la II República que incluye al anarquismo en toda su complejidad y dimensión.
Gutmaro Gómez Bravo, UCM

Publicaso origanalmente en La Aventura de la Historia, Febrero de 2020

sábado, 18 de enero de 2020

Un pueblo revisitado. El Mundo, 18/1/2020

https://www.elmundo.es/opinion/2020/01/18/5e21ef02fc6c837a538b45f5.HTML
 
 
 





 
Todos los años aparecen publicados en distintas partes del mundo decenas de libros, ensayos y artículos sobre la historia reciente de España. No es tan frecuente, sin embargo, que tengan un eco continuado en la prensa global, favoreciendo así su rápida traducción al castellano. La situación económica y política española de los últimos años ha convertido en foco de atención mediática, etapas y lugares de nuestro pasado que hasta el momento estaban destinados al público especializado. El foco se ha desplazado, en efecto, pero en las formas de mirar y revisitar nuestra historia subsisten muchos de los viejos tópicos y los más arraigados estereotipos sobre el atraso secular español. La mayor parte de las historias mundiales modernas y contemporáneas del siglo XXI han participado de ese cambio de actitud y, aunque han modificado el formato y han destacado particularmente el proceso de “europeización”, siguen perseverando en una interpretación excepcional de la historia española en la que sobresale un rasgo por encima de todos: la persistencia de la violencia.

 

El trabajo de Jason Webster, “Violencia: a New History of Spain: Past, Present and the Future of the West” (Constable, 2019) resulta paradigmático al respecto. Su mayor reto, por ejemplo, pasa todavía por superar el debate, antes envuelto en una guerra de cifras, de la naturaleza fratricida y violenta de los españoles. Muy crítico con el contexto de la Transición a la democracia, subordina la visión de un siglo XX atrasado y violento a un proceso de desarrollo histórico, jalonado y culminado por sucesivas guerras e imposiciones que sobrevivieron al franquismo y que han terminado mermando el sistema democrático actual. Estas y otras analogías similares son elevadas a una categoría de violencia estructural que hunde sus raíces en siglos de tradición y es capaz de atravesar las movilizaciones y los distintos conflictos que van del siglo XIX al XX. Su onda expansiva se enquista así en los desequilibrios de ese largo período, silenciados tras la guerra civil y el franquismo, hasta resurgir con fuerza en nuestros días en torno al conflicto por el modelo territorial y de Estado, haciéndose particularmente patente en el caso de Cataluña.

 

El libro de Paul Preston Un pueblo traicionado (Debate, 2019) está en las antípodas de este tipo de enfoque y, aunque utiliza también una concepción “popular”, que en el mundo anglosajón sirve también para definir un tipo de “gente corriente” o “común”, se centra en la naturaleza histórica de un proceso de más de dos siglos. Objetivo menos ambicioso tal vez, pero mucho más complejo de contrastar y realizar científicamente que definir los rasgos o esencias de los españoles criticando su actual modelo político. Con el subtítulo de Corrupción, incompetencia política y división social (aunque el título original recogía más pluralidad al hablar de “divisiones sociales”), supone un importante esfuerzo en la erudición y en la tradición de la historiografía política española, dominada quizás por el efecto contrario: la sacralización de la Transición, en la que hasta el momento apenas cabía crítica alguna. El marco que aborda Preston es amplio (1875-2014), de la Restauración borbónica a la última sucesión en la corona. Un tiempo en el que las deficiencias de las élites políticas española se han ido haciendo cada vez más evidentes, hasta el punto que el lector puede tener la sensación de asistir a un particular “día de la marmota” sin solución de continuidad entre la corrupción de los tiempos de Maura o Canalejas, y la de nuestros días. Estas dos características, corrupción e incompetencia política que, como reconoce el autor, también existen en otros países, incluida la propia Gran Bretaña, han provocado la ruptura de la cohesión social, empeorada por el uso de la violencia por parte de las autoridades españolas. Un recurso que reaparece de forma recurrente en las tensiones existentes entre Madrid y Cataluña, ya desde la propia Restauración y sobre todo con Primo de Rivera, allanando el camino a la Segunda República.

 

Es este último un aspecto sustancial ya que señala la Restauración como el período más trascendental en la mutación y cambio de la violencia contemporánea, que terminaría desembocado, de nuevo, en la guerra civil. Su peso a la hora de estructurar el tiempo sigue siendo, por lo tanto, innegable. Durante ese largo proceso de más de un siglo, la cuestión social siguió siendo abordada por un Estado sin recursos bajo el paraguas de unas élites que, salvo breves excepciones, se negaban sistemáticamente a integrar a amplias capas sociales. En última instancia, la administración española, llegó a la década de los años treinta del siglo XX enmarcada entre el poder local y la estructura delegada del poder central. El caciquismo o el propio poder local y sus relaciones con la justicia y la resolución de los conflictos internos también han sufrido un importante replanteamiento en este sentido, incluido el propio franquismo, “régimen de terror y pillaje”, asentado sobre una gigantesca red de corrupción provincial.

 


La reflexión histórica actual sigue por tanto centrada en el campo de la violencia política, que se entrecruza con otras cuestiones que han aflorado en la investigación de los últimos años. La capacidad del sistema político español como vehículo nacionalizador de masas, por ejemplo, comienza a ser cuestionada seriamente al hilo de la  crisis del estado-nación que sufre Europa tras la Primera Guerra Mundial. Las consecuencias de este fracaso se han relacionado con distintos fenómenos sucedidos durante el período de entreguerras, como la extensión del socialismo y el anarquismo, para los que se reutilizó la legislación anterior contra el bandolerismo. De este modo, se ha terminado reproduciendo una visión negativa del siglo XIX para explicar los orígenes de la violencia política española del XX. Las ideas del siglo XIX germinarían en una secuencia violenta creciente que se inicia en la Semana Trágica (1908/9), pasa por la huelga general de 1917 y se sitúa en la revolución de Asturias de 1934 como antesala de la Guerra Civil. Una visión propiciada por un fenómeno como el revisionista, también impulsado desde el otro lado del charco, destinado a utilizar la historia casi exclusivamente con fines políticos.

 

 
La reacción a este discurso negativo pasa por insertar el caso español dentro del impacto de la crisis económica mundial de los años treinta,  poniendo en entredicho esa excepcionalidad, a través de su extensión a todos los conflictos sociales como ocurre en el resto de Europa. Desde el progresivo reforzamiento del modelo de orden público militarizado decimonónico, a la Ley de Vagos y Maleantes, promulgada en 1933 y mantenida de forma inalterable por el franquismo hasta los años sesenta. Una combinación de medidas represivas y preventivas, en definitiva, que fueron utilizadas por todos los gobiernos europeos de la época. Buena parte de los desafíos del futuro pasan por dejar de omitir este marco comparativo. Aunque en los últimos tiempos su relectura no se haga sobre categoría “nacionales” sino en torno a conceptos muy amplios como el de “pueblo”, no es posible olvidar que en España también se produjo un importante descenso de la violencia cotidiana (de las lesiones a los homicidios) dentro del “proceso civilizador” descrito ya por Norbert Elias. Solo es una muestra de esa diversidad de enfoques y perspectivas que exige la compresión de fenómenos que fueron clave de la construcción del espacio público en las sociedades liberales, pero que en la sociedad española, aunque pudieran estar presentes política o intelectualmente, no se correspondieron con una realización tan práctica y tan directa como a menudo se sostiene.


 

viernes, 13 de diciembre de 2019

Melancolia de izquierda, Traverso, 13/12/2019


Melancolía de la izquierda.


13/12/2019

Gutmaro Gómez Bravo


Como ha demostrado Enzo Traverso, la melancolía ocupa un espacio central en la cultura de izquierda del siglo XX. Mas allá de su diversidad, de sus distintas procedencias geográficas e ideológicas, de sus medias mitades y matices, la izquierda compartía una visión central del espacio político concebido como un ámbito de transformación e intervención. Un mundo, hoy hecho pedazos entre identidades y particularidades, cuyo tronco común descansaba tanto en el optimismo de la teoría como en la desilusión de la experiencia, en sentimientos compartidos  transmitidos y acumulados en algunas victorias y muchas más derrotas.  Todo ello aparece reducido y confuso hoy en el amplio continente que compone la memoria de la izquierda, desplazado y limitado, como otros muchos aspectos de nuestro presente, hacia el campo de las emociones.

Melancolía de izquierda

Desde 1989 ha habido numerosas muestras de revoluciones que han mantenido al mismo nivel los principios de igualdad, soberanía y libertad, pero que sólo encuentran referentes en el pasado, lo que terminó conduciendo a la mayoría a un punto muerto desde el punto de vista práctico. La memoria de la izquierda viene cargada así de luchas y derrotas en las que se forjaron los movimientos sociales de masas, el anarquismo, el socialismo, el tercermundismo, el comunismo o el feminismo……que han dado origen a una diversidad de “políticas identitarias” que en muchos casos han terminado siendo regresivas por ese mismo efecto óptico de buscar sus referentes en un pasado idealizado.

El siglo XXI se abrió con el derrumbe de la utopía, al fin de la Historia y al fin del propio mundo anterior que , al mismo tiempo y paradójicamente, reivindicaba. Se clausuraba así cualquier posibilidad de pensar en cambio y mejora,  de crear esperanzas o expectativas, frente a la razón instrumental y la economía. El presentismo en el que se han instalado nuestras modernas sociedades avanzadas, marca también una agenda política que, más allá de solucionar los problemas reales, renuncia a solucionar sus causas y apenas limita los daños de sus consecuencias. Nuestro tiempo no sabe de ciclos ni de fases sino de acontecimientos que cobran dimensión por su capacidad viral. De lo contrario no existen. Esto ha cambiado nuestra percepción de manera total e irreversible pero nuestro andamiaje intelectual para solucionarlo sigue siendo antiguo, estructurado en la duración y en la permanencia. Estamos obsoletos si, de acuerdo, pero no solo por este desfase. Vivimos desorientados por el impacto de una gran colisión entre la historia y la memoria. La memoria histórica existe, es la memoria de un pasado que aparece definitivamente cerrado y ha entrado en la historia.  Y el efecto más grave de esta colisión entre la memoria y la historia en nuestro tiempo, es su anclaje en una encrucijada de diferentes temporalidades. Por un lado, seguimos por el retrovisor el reflejo de un pasado aún vivo en nuestra mente, mientras por otro nos vemos obligados a archivarlo porque ya no aparece en los mapas. La escritura de la historia ha sido siempre un intento de equilibrio entre ambas tendencias.  Otro de los perfiles de cambio más claros de nuestro mundo, por último, está en que hoy vivimos en un tiempo en el que se escribe la historia de la memoria, mientras una parte de la sociedad lucha por mantener viva la memoria de su pasado. Vivimos en una permanente melancolía, de la que solo repensar el futuro nos puede salvar.

domingo, 8 de diciembre de 2019

Ayer y hoy de los Campos de concentración. 8/12/2019

8/12/2019

Necesitamos saber que son realmente los campos de concentración, que función tuvieron, qué espacio ocuparon y en que se diferencian fundamentalmente unos de otros. En ellos se dan cita la memoria europea y occidental, muy marcada por la imagen creada por el Holocausto a través del cine norteamericano, que difiere, cada vez más, de todo aquello que aporta la investigación histórica reciente. Un tercer elemento que hace palpable esta necesidad se encuentra, en la existencia en distintas partes del mundo, de cárceles secretas, centros de internamiento o reclusión, campamentos de refugiados y de desplazados donde pagan las consecuencias los civiles.







Esto viene sucediendo desde finales del siglo xix, en los conflictos coloniales en los que los ejércitos europeos, británicos, españoles y alemanes, utilizaron las primeras tácticas para separar unas poblaciones de otras y, sobre todo,  aislar las bases sociales de lo que luego serían guerrillas cada vez mas prominentes. Dan Stone relata cómo la Primera Guerra Mundial  supuso un cambio enorme  en la incorporación de ese tipo de instituciones que utilizaban los ejércitos modernos. En el paso hacia la guerra total de entreguerras se produjo el otro efecto fatal, la progresiva expulsión de las minorías raciales y étnicas de las distintas comunidades nacionales “totalitarias”. Nacen así los campos de separación y los de exterminio nazis, los mas conocidos, pero también el gulag soviético y los que Stone denomina los campos “liberales”.   Es de destacar este esfuerzo diferenciador en cifras, lógicas y despliegues que hace el autor de unos y otros, disipando cualquier tentación equiparadora y equilibrista. Es importante que se incluya el caso español, que suele quedar fuera de las monografías mundiales de este tipo de estudios. Los campos de concentración franquistas, de los que falta incorporar quizás la investigación mas reciente, alcanzan una dimensión europea importante en este mapa del terror, entre los campos franceses y los alemanes. Hay que advertir todavía que una de las principales diferencias del caso español está en la dirección de la represión franquista, que, a diferencia de estos, iba al revés: del campo a la prisión, entrando e lleno en el sistema penal y en una criminalización y estigmatización sin precedentes cuyos efectos aún siguen presentes en nuestros días.
"Campos de concentración" supone una esfuerzo de síntesis importante, con las obras de referencia de cada capítulo y mayor aparato critico para aquellos que quieran seguir formándose y creciendo en el conocimiento de este fenómeno que sigue hoy activo y explica algunos aspectos del éxito de ayer y hoy de las derivas autoritarias 




Gutmaro Gómez Bravo 8/12/2019






El entusiasmo: una historia de la transición.

El entusiasmo. Una historia de la Transición                                                                                         ...